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Rodrigo Chávez González (Rodrigo de Triana. Guayaquil, 1908-1981): La construcción de un pensamiento regional.

Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio

 Wilman Ordóñez Iturralde

 

Confieso que pensar en el historiador Rodrigo Chávez González no es fácil.  Aún cuando se tenga la certeza que los acontecimientos históricos acaecidos en la década del diez con la matanza de Alfaro, del veinte con la masacre del 15 de noviembre y de la revolución juliana, del treinta con el desastre económico norteamericano, del cuarenta con la invasión peruana y la revolución de mayo del 44 (todos del siglo XX), hayan sido las posibles causas por las cuales este historiador, escritor, periodista y folklorista guayaquileño configura un pensamiento regional y se vincula al estudio de la historiografía del Litoral ecuatoriano a través del folklore, lo montubio, lo precolombino, la política, la sociedad, la cultura, etc.

Es posible que estos sucesos formen parte y hayan incidido; como ocurrió con Pareja Diezcanseco, Pérez Concha y Huerta Rendón. Pero no lo es todo. A Rodrigo no puede interpretárselo desde la  parcialidad de sus logros. El solo y protervo hecho de haberlo la ciudad, la región y el país invisibilizado, muestran la complejidad del historiador frente al contexto. Del politólogo. Del hombre acucioso que desempolvó las ásperas del enemigo de la ciudad y la región en “tres décadas de ricos procesos históricos” como calificara el historiador Paredes (Willington) a estas etapas.

Chávez González literalmente es hijo de dos tragedias que fraguan su pensamiento socio histórico, cultural y político-regional. Dos tragedias nacionales, fundamentales, que van marcando su sensibilidad y su memoria. El indianismo (no digo indigenismo porque aunque  parezca raro es una categoría burguesa creada, usada y vapuleada, por los intelectuales de izquierda);  y la invasión peruana de 1941.

La invasión peruana lastimó “mi corazón y mi conciencia” vendría a decir tiempo después Chávez González. Iniciando una Campaña Cívica contra la invasión que lo llevó hasta Huaquillas a izar la bandera del Ecuador, cantar nuestro Himno Nacional y convocar a los orenses para una movilización antiperuana.

Estos acontecimientos, el uno de invisibilización étnica cultural y el otro político-territorial, en la cotidianidad del pequeño Guayaquil de los veinte al cuarenta, aparecieron como irrelevantes en la comprensión andino céntrica del tiempo. En Rodrigo ocurrió lo contrario. El historiador leyó al país como incapaz de percibir que Guayaquil y la región vivía una gran tragedia, que en lo posterior hiciera notar en su libro Historia de la Provincia de El Oro, y en sus Estudios de idiosincrasia regional. Pero esta vendría a ser la segunda tragedia, ya adulto, con 34 años.

En un comentario que Chávez González hiciera en un escrito de la columna A través de mi lupa, manifestó que en una mañana de lodo y calor frente al río, como proscrito del medio, avistó, su primera gran tragedia.

La que, “el país andino, nos veía indios, sin litoral, sin etnicidades regionales, sin procesos simbólicos, ni referentes socio culturales”. Situación que afirmó en él, su deseo de recuperar lo local, su cultura y sus valores. Por ello, no obstante verse porteño, mestizo, veíase ante todo montubio.

Esto sucedió cuando apenas contaba con quince años de edad. Aún imberbe, se enfrentó a lo real: “el país nos veía indios a los mestizos y veía india la diversidad étnica”. O mejor dicho: el país no nos veía. La afrenta de un sector clerical, leguleyo y conservador de Quito nos cubría de ponchos, zamarros y alpargatas. La paria burguesía de Guayaquil y la costa se escondía entre bombines y tostadas europeas. Ver esto, a Rodrigo, le significó soltarse de los radicalismos. La izquierda (De la Cuadra, Gallegos Lara, etc.) lo vapuleó por haberles hecho notar que los montubios son montubios y no campesinos. La derecha bancaria lo intimidó. Si no hubiese sido la oportuna intervención de su carisma y de su inteligencia, la suma de todos estos percances, sin duda lo hubiesen postrado en el ostracismo.

Una intelectualidad guayaquileña, democrática, educada, sin chauvinismo, del periodismo imparcial y libre, lo reconoce y valora. El Telégrafo principalmente. Quienes veían en el joven Triana, un adelantado de su época.

Por sus vínculos con la burguesía guayaquileña el escritor Joaquín Gallegos Lara lo tildó de “reaccionario burgués, enemigo de los trabajadores”. Iniciada la Campaña Criolla a favor del montubio y su Fiesta Regional, el 12 de octubre de 1926, el escritor José de la Cuadra lo declara fascista, anticlasista, “amigo de los explotadores”.

El otro e importante hecho que forja su pensamiento y lo vincula a la historia, comprensión y valoración de lo local y regional es La Revolución Bolchevique y la Revolución mexicana;  y quizá un incipiente y no declarado anarquismo. Es con la Revolución de Francisco Villa que ejercita una lectura y escritura comparativa del ranchero mexicano y el montubio ecuatoriano. Se adelantó a José de la Cuadra. Chávez González con la revolución de Pancho Villa pudo detectar tempranamente lo que no puedo el autor marxista. La trama del proletariado y la campechanía del marxismo leninismo oscurecieron a De la Cuadra antes de su bien logrado ensayo sobre El Montuvio ecuatoriano. 

Las lecturas sobre la Revolución Rusa y algunos textos que le llegaron de México sobre la revolución centroamericana, le permitieron determinar y esclarecer por qué se produjo la revolución Juliana y combatir a favor de la autonomía regional. Centraba su atención en el federalismo. Deseaba extirpar el monopolio quiteño combatiendo el centralismo. Lo que le granjeó algunos enemigos que veían en este muchacho una tara para sus protervos cometidos.

Los primeros estudios que sobre la ciudad, la región y los montubios, escribiese Rodrigo de Triana en El Telégrafo y en la revista Savia, lo visibilizan como un estudioso y científico en ciernes. No cursaba siquiera los veinte años y había  leído y comprendido la Historia de la Revolución Francesa. Y a una velocidad casi enfermiza había leído tratados de la historia de la filosofía y de la historia de la cultura universal en autores como Aristóteles, Platón, Rousseau, Althusser, Hegel, Russell, Goethe, Nietzsche, Malinowski, entre otros.

Es probable que el historiador Chávez González por querer aprender de forma inmediata, brincara drástica y dramáticamente entre filósofos fundamentalistas, positivistas, funcionalistas y ensayistas ultra conservadores y otros radicales. Lo que no impedía que su racionalidad sea análoga y metódica (léase sus diversos escritos periodísticos).

Este esfuerzo sin embargo, contribuyó a una sólida formación del intelectual y del académico que prontamente destacaría entre sus contemporáneos.

Basta leer la monumental obra de Rodrigo Chávez González “Marx ante indoamérica” para detectar una sicología ordenada y sistemática. En Fascismo y Nazismo sus teorías del socialismo científico son inéditas. En El Mestizaje y su influencia en América, su orgullosa heredad hispana y el proceso y producto local: el montubio, son referentes obligados de lectura para quienes deseen interesarse en el pensamiento de Rodrigo.

Guardando las distancias, la mayor consistencia de su pensamiento, lo logró hurgando en el entre filo de la historia del siglo XIX, rica en matices y soberbias transformaciones sociales, que cambiaron las viejas estructuras de la Patria.

El historiador Rodrigo Chávez González encontró en el proceso de Independencia de Guayaquil las cimientes del guerrero montubio. En la Revolución Liberal su asta y dintel. Para escribir las obras El Coronel Enrique Valdez Concha y su proyección en el panorama nacional; Crispín Cerezo; Carne Criolla; La voluminosa Historia de la Armada Nacional (dos tomos); se volvió un erudito del Siglo XIX. Conocía todo acontecimiento político de este siglo, sustentado en hipótesis documentadas.

“Cuando creyó que sus ideas un tanto estrafalarias, parecían haber encontrado asidero, se adentró en el proyecto de hacer fiestas montubias, celebrar encuentros folklóricos entre la gente del campo costeño, y por fin, intuir el rito galante de la Criolla Bonita del Litoral” manifestó El eminente escritor Ángel Felicísimo Rojas. Un gran Clérigo suelto del socialismo. Afirmaba Rojas de Rodrigo de Triana. El mismo que devolvería el papel protagónico de los montubios, en la vida política, social y cultural del Guayaquil de los años veinte.

A ciento tres años de su nacimiento (26 de enero de 1908) de quién fuera gran patriota guayaquileño: don Rodrigo Chávez González, “el hombre que nos dejó tan hermosa y permanente lección hacia lo nuestro” (palabras del gran dramaturgo José Martínez Queirolo) queda solo decir que, Guayaquil, la Región , La Patria , debe saldar urgente, la deuda moral, cognitiva y socio cultural que tiene con él. El reconocimiento histórico le ha sido esquivo. Sobre la escena social hemos puesto antivalores que invisibilizan auténticos valores como Rodrigo de Triana.

Es tiempo de reconocer el pensamiento y aporte de este valioso ciudadano de las letras, el folklore  y los estudios históricos y culturales ecuatorianos. Es tiempo de dejar mezquinos intereses que obnubilan la realidad socio histórica nacional. La memoria actual reclama justicia y soberanía. Demos a Rodrigo de Triana el podio y la palestra que siempre tuvo y que hemos injustamente subsumido. Saldemos esta deuda social. En ustedes,jóvenes  estudiantes, maestros y patriotas preocupados por su país y sus tradiciones, queda el laurel o la bala.

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