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El folklore criminalístico en los Sangurimas

Palabra en Pie - WIlman Ordóñez Iturralde y lo montuvio

Wilman Ordóñez Iturralde(*)

 

Entendido por lo vulgar, irracional, inconsciente, incuestionable, incondicionable, agresivo, planificado, fratricida, parricida, y sujeto a variables; la criminalística del hombre (entiéndase de cultura folklórica), rural/campo, mantiene viva en pocos montubios las acciones violentas que por riña o venganza aún perviven en ellos, por tradición o noticias de hechos concretos legados de sus antecesores. Asumo, sin ser especialista en cuestiones fisiológicas que la raíz de esto tiene su origen en lo biológico y no en lo cultural.

Rodrigo Chávez González (Rodrigo de Triana) en 1935 en sus “Estudios de idiosincracia regional” afirmó que “la venganza es en nuestros campos una virtud y el derecho de matar es hasta protegido por la tradición”. Lo que interpretamos que un común arquetipo montubio/matón, obedece a su salvaje-primario para acometer y delinquir sin premeditar ni justificar sus acciones. Hechos estos, horrendos y execrables, de manifestación antedicha (folklore criminalístico) que la crónica periodística (roja) todavía recoge y reconstruye a su antojo.

En esta criminalística folklórica bien puede la justicia, por la relación que existe entre folklore y criminología, darnos su posición en términos de ciencia y disciplina. Además, por lo interdisciplinario, la sociedad civil: rural y citadina, es parte o todo de esta manifestación común en lo regional; tanto que muchos por una visión obtusa de un prejuicio de no afirmación de su identidad han perjudicado al montubio para su socialización.

En el caso de la literatura gestada por los escritores de la generación del treinta que basó, sin conocer ni proponérselo, sus investigaciones en lo que llamamos folklorografía,  nos permite acercarnos y analizar indicadores de esa criminalística a la que aludimos, caso concreto “Los Sangurimas”. Novelina, en la que los elementos del “Fol-lore asesino” se manifiestan seriamente.

Recordemos que su autor, el Dr. José de la Cuadra Vargas (1903-1941), abogado y sociólogo ocasional, quien convivió con la comunidad montubia, sobre todo de las Provincias de Los Ríos y Guayas, no era un improvisado en conocimientos de criminalidad rural, de ahí que su obra tenga estos rasgos y características. Tanto conoció la vida y el pensamiento mítico montubio, que terminó escribiendo el ensayo etnográfico, sociológico y antropológico EL MONTUVIO ECUATORIANO en el año  de 1937 publicado por ediciones imán de Buenos Aires. Al conocer la forma de vida de los montubios, terminó ayudándolos en tenencias de tierras y otros entuertos sin cobrarles un solo centavo. Lo que sí, siendo costumbre de los litorales montañeses, en agradecimiento, muchos lo honraron con el compadrazgo espiritual.

En fin, salvando la digresión,  necesitamos estudios científicos sobre esta criminalidad no institucionalizada, que puedan dar respuestas y tareas para un cambio de actitud y comportamiento  en los montubios vinculados a dichos actos. Vamos a los sangurimas.

 

Los Sangurimas

La tragedia de esta pequeña novela gira en torno a ño Sangurima. Viejo, de pensamiento mítico  supersticioso, adusto, incestuoso, criminal, fratricida, ambicioso, mujeriego, solapador, sinvergüenza, corrupto, canalla, endógamo, enemigo y comprador de la Ley, etc., que al valerse de su latifundio y “pacto con el diablo”, conquista cuanto en gana le apetece y le distrae. Guardando íntima relación con esos otros Yo, EL MATAPALO Y EL DIABLO. El primero tangible que simboliza la fuerza y la pervivencia de lo antiguo y el segundo intangible que nace en su relación mítica a partir del miedo y la superstición, solapada, centenares de años, por una iglesia que para imponer sus símbolos, ritos y creencias, manipuló al ignorante, a los pobres y a los miserables.

Don Nicasio, loco y enfermo de orgullo, al contar su historia como tantos otros patriarcas, disfruta, en una descarnada conversación maquiavélica, de sus hazañas y peligros. Cito: “Con los Sangurimas no se jugaba naiden”. “Gente de bragueta, amigo”. “No aflojaban el machete ni pa dormir. Y por cualquier cosita, ¡vaina afuera!.. Mi abuelo, un gringo, fue muerto por “mi tío Sangurima que se calentó”. Y, “mi mamá, en cuanto se alzó de la cama, fue a ver a mi tío. Lo topó sólo. Se acomodó bien. Le tiró un machetazo por la espalda y le abrió la cabeza como coco”. Aquí ya se cuece una historia folklórica del crimen, por lo anónimo: ¿quién enseñó a matar?, no institucionalizado: los crímenes no se aprenden en las academias; antiguo: estos hechos e historias de matanzas vienen sucediendo a través de los años y transmitidas de generación en generación; funcional: debido al hecho criminal que se produce; y pre-lógico: en cuanto a que estos conocimientos de matar a mansalva y sin ningún sentimiento de repudio, lo aprenden por predomio del instinto sobre la lógica. Además que existen otras características para reconocer que el crimen en la familia sangurima, es un típico crimen del Folk-lore campesino. Entre otros: es un crimen popular o colectivo: ya que todo el grupo conoce el hecho, lo repite y considera suyo; es plástico: porque las matanzas en los pueblos montubios vienen sucediéndose con algunas variaciones a través del tiempo y el espacio. Además: es superviviente, perviviente y vigente: ya que estos hechos se mantienen en el presente, pero su origen se remonta al pasado. Por último la criminalística montubia es ubicable: por cuanto está localizado geográfica e históricamente;  hacienda “la hondura”,  en los sangurimas.

En todo caso en la cultura criminal montubia debe existir quién los proteja, el ejemplo del diablo, de quienes se valen los asesinos por ser el protector de la maldad y el odio.

 Cuenta Ño Nicasio, cuando el pacto con el Diablo, que tuvo poderes hasta “pa hablar con muertos”. Manifiesta, que de un cañaveral incendiado, un muerto le dijo que le tenía dinero reservado para él, que había que desenterrarlo y para ello “regar la tierra encima con sangre de un niño de tres meses que no hubieran bautizado” lo que en los estudios folklóricos se conoce como “morito”. En lo ambicioso y asesino que era EL VIEJO SANGURIMA “sacó a la melada Jesús Torres, muchacha virgen y la hizo parir. Y cuando el chico tuvo tres meses, ño Sangurima lo llevó donde estaba el entierro. Le clavó un cuchillo a la criatura, regó la tierra y sacó afuera el platal del difunto”. ¿Forma de vida o “pensamiento salvaje”?; angustias ya dilucidadas por Levi Strauss. Lo cierto es que en la realidad esto es parte de esa cotidianidad visible  en unos cuantos montubios. Que en poca o mayor escala destapa un problema de violencia, cuatrerismo y terror, que la supuesta justicia conoce haciéndose de la vista gorda para no apostar por campañas de educación y cultura como medio para desterrar estas practicas de mala conducta y convivencia humana.

En “Los Sangurimas” hasta el río es asesino. Sino que lo diga el de ‘los mameyes”, que ha tragado vidas humanas y de animales cuanto le ha venido en gana”.

Nuestro litoral, se ha caracterizado por leyendas que reconstruyen ese pasado-presente de símbolos asesinos e imaginarios. “La Ley del talión se aplicaba en Los Sangurimas”. Como cita el narrador en la página:

 “Así, cuando  en el agro montubio sonaba el anuncio de que Los Sangurimas venían, se volvía todo confusión y espanto”.

Se dice, cuenta el narrador, que ño Nicasio y su hijo El Coronel, mataron al abogado, al doctor, (el otro hijo y hermano) por perder en Guayaquil los litigios del viejo Sangurima y la familia.

 “El hermano abogado, muerto años atrás de modo espantablemente trágico en el  sitio de Los Guayacanes, constituía para algunos Sangurimas algo como el orgullo y blasón de la familia”. Pero a ño Sangurima, ni los hijos se escapaban de sus crueldades y siniestra forma de vivir y ver la vida. A su hijo mayor, Ventura “le hizo dar cincuenta azotes de un peón negro que servía en La Hondura y al cual no llamaban de otro modo que “jediondo”. “el negro, pregunta a don Nicasio, si cesaba en el castigo; el viejo Sangurima había dicho: aflójele, los demás despacio. Pero ajústale el medio ciento aunque se muera”.

Sus hijos y los hijos de estos, “frecuentemente raptaban doncellas, cuya flor era sacrificada por el jefe”. Aquellas doncellas serían también sus propias hermanas y primas.

“El padre Terencio (el cura, otro de sus hijos) que ocasionalmente intervenía en ciertas intimidades de la familia, no se atrevía a recriminar directamente a sus hermanos incestuosos, porque sabía exactamente lo que se ganaba”.

 “Entre los mozos, los hijos del coronel (predilectos de ño Sangurima) eran respetados y temidos por sus matonerías”. Conocidos como los “Rugeles”. “Su parentela  los acusaba  a voz mordida de haber cometido crímenes horrendos”. Como el de una hija de Ventura (prima). “A la muchacha le habían clavado en el sexo una rama puntona de palo-prieto, en cuya parte superior para colmo de burla, habían atado un travesaño formando una cruz. La cruz de su tumba”. Junto al cadáver “estaban las ropas enlodadas manchadas de sangre”.

Cuando la policía (rurales) iban en busca de ellos, salían muertos. Y ni la luna, ojo de la noche, se escapaba.


¿Literatura o realidad? Lo cierto es que esta historia publicada en 1934 es parte de una historia que se repite. Donde la justicia, abogados, gobierno y todos somos cómplices. Sino, pregúntenle a ño Sangurima… ¿verdad ,viejo zorro?.

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(*) Director Fundación Cultural Retrovador. Investigador de cultura popular montubia en el Archivo Histórico del Guayas.

 

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